Francesco Tonucci ha dedicado su vida a trabajar por los derechos de los niños. Todo comenzó por un tema concreto: dejar que los niños vayan solos a la escuela y no hablamos de 12 ó 14 años, no, estamos hablando de niños de 7 años. Puede sonar impactante, ¿cierto? La verdad es que el autor defiende la autonomía y la capacidad de los niños que es frecuentemente subestimada por los adultos.

En este libro se busca responder a la pregunta de por qué es prioritario que las sociedades apuesten por los niños y por las niñas pero en serio. Se indica que no es un libro de pedagogía ni un manual, es más bien como una conversación, lo cual es evidente en el tono y la manera de referir múltiples ejemplos.

Explica que hay dos manera de concebir la infancia, la primera es la del niño como el adulto del futuro, en ese caso, la niñez es el paso intermedio para la adultez. La vida es una preparación para el futuro: “En este caso padres, maestros y educadores consideran al niño como un ser pequeño, nieto y sin preparación (…) Educar significa sacar a la luz al que todavía no existe, que existirá el día de mañana: la mujer, el hombre, el ciudadano del futuro” (p.14). La educación tradicional se basa en este concepto a pesar de estar tan superado por los modelos cognitivos. Cada paso de la educación está preparando para el siguiente, parvularia prepara para básica, básica para media y media para la universidad. Los profesores son valorados también porque en los primeros años “no se necesita nada” por ello no importa si los maestros están poco preparados, al final, lo complicado viene después. Los niños se tratan como sujetos pasivos del aprendizaje que reciben del profesor que sabe. Todos lo niños son, por lo tanto, iguales en su ignorancia y pueden ser tratados de la misma manera, es una escuela uniforme con pupitres donde todos miran al profesor que tiene el conocimiento.

La segunda manera de concebir la infancia es considerar al niño de hoy y comprender que los primeros años son los más ventajosos y sientan las bases para el resto de la vida y es en esos primeros momentos en los que muchas veces los niños no tienen contacto con los maestros donde se hacen los mayores avances, donde “El motor principal de este trabajo desmesurado de crecimiento y desarrollo es el amor que los adultos le profesan” (p.22). En este sentido la actividad lúdica que permite al niño explorar con todos sus sentidos es fundamental en el aprendizaje y no debe perderse de vista en la educación formal. El poder del juego es una herramienta de aprendizaje fundamental para los niños, por eso debemos exigir ciudades jugables (según la terminología del autor).

En esta segunda manera de entender la infancia se derrumba la clásica idea del maestro y surgen nuevas alternativas como la idea de que no se debe suspender a ningún alumno y habla de un concepto interesante, más que una escuela inclusiva, debería existir una escuela exclusiva porque se adapta a las necesidades de cada alumno y no al revés: “La escuela que necesitamos es la que acepta a todos los niños, es más, la escuela hecha  a la medida de cada niño, la que cada niño reconoce como suya y por ello es exclusiva antes que inclusiva.” (p. 78-79). Además da como ejemplo que muchas veces cuando se recibe a un alumno con necesidades educativas especiales los padres se quejan porque va a retrasar a sus hijos, sin embargo el autor explica que en realidad están aprendiendo una lección mucho más valiosa que las materias que se dictan, están aprendiendo que no hay que dejar a nadie atrás, porque un aprendizaje fundamental es acerca de la cooperación, de la convicción de que juntos avanzamos más.

El autor sitúa el maestro como el rol fundamental para hacer los cambios. Poner en valor la infancia nos obligaría a poner en valor la enseñanza como primordial para la sociedad lo que se debe reflejar tanto en el trato social como en el económico, asimismo, se puede exigir que los maestros sean una de las profesiones con más preparación donde no llega quien no pudo entrar a otra carrera sino donde llegan los mejores. El mismo autor reconoce que la razón por la que es maestro es porque le iba mal en la escuela y sus padres decidieron invertir en el hijo al que le iba mejor académicamente, en este sentido el autor urge tener a los mejores, pero para eso es indispensable que “La enseñanza debe ser reconocida como una de las profesiones de más relevancia social.” (p. 100)

Los niños, dice el autor, son indicadores de la sanidad de una ciudad, si los niños están relegados, entonces la ciudad está enferma. Los niños tiene derecho al espacio público y además son reguladores del mismo “La única garantía de seguridad es la participación, la presencia, el control de territorio por parte de los ciudadanos. Y los niños son capaces de provocar estas conductas positivas.” (p. 134) y logran seguridad en las ciudades porque obligan a los adultos a estar atentos y hacerse cargo al ver a un niño o una niña, un espacio en que el vecino está atento del niño o la niña y donde hay una comunidad, alerta es un lugar que no es atractivo para los ladrones.

“Por qué la infancia” es un libro breve donde el autor hace una revisión de su propia historia y a la luz de ella va explicando porqué es tan importante reconocer la importancia de la niñez dentro de las sociedades, habla desde educación hasta la Convención de los derechos de los niños. Es un libro ameno y compacto, pero lleno de reflexiones que nos pueden iluminar en nuestras prácticas pedagógicas y hacernos cuestionar si estaremos dándole espacio a los niños para ser lo que son.

*Como dato extra el autor es también Frato.